Kike trabajaba de carnicero, y adoraba su trabajo, quizás porque desde pequeño había visto a sus familiares con sus delantales teñidos de rojo.
En realidad Kike se llama Agustín, pero su mejor amiga, Elena le había dicho que tenía cara de Kike.
Elena en realidad era Begoña, pero le gustaba decirse Elena, e iba a todos los sitios con su plaquita del trabajo: ?señorita Elena Montenegro Vidal?
Trabajaba en un edificio a las afueras de la ciudad abierto al público para observar el cosmos con un gran techo de cristal y una cantidad sorprendente de aparatos con un montón de cositas delicadas que servían para ver mejor la vía láctea.
A Elena no le gustaba su trabajo, ni casi nada de lo que hacía, además ella prefería el centro urbano, con sus luces y sus coches, con ese corrosivo ruido vibrante que aunque cesase se repetía en sus oídos y su esternón.
Lo que si le gustaba a Elena era visitar a Kike por las mañanas. Le agradaba ver la cara de satisfacción que Kike ponía cuando cortaba y despedazaba el cuerpo muerto de los animales abiertos en canal colgados en el techo, extendiendo su olor a proteínas, grasas, y a los domingos en la casa de la abuela que parecía expandirse por toda la manzana.
Le gustaba ver los trozos de carne triturada en las bandejas y observar ese espectáculo y juego de colores rosados con manchas salpicadas rojas decorándolos.
Elena no podía evitar esa cara de felicidad sincera y resplandeciente que parecía brillar reflejada sobre los filos de los cuchillos en las manos de Kike y sobre los ojos de Kike a los que a veces no diferenciabas de los de los terneros, cerdos o conejos que estaban boca a bajo a la misma altura del carnicero.
A pesar de eso Elena era vegetariana, pero la carnicería de Kike le resultaba como un show, como un circo. Allí veía mejores espectáculos que en las quietas estrellas que día tras día comentaba ante impacientes y aburridos clientes.
Elena solo tenía a Kike y a oiranac, su canario. El canario le daba una compañía muy fría, ya que a pesar de todos los mimos que Elena le daba, oiranac nunca cantaba.
Lo había comprado en la pajarería que estaba cerca de la carnicería de Kike, donde trabajaba la ex-novia de Kike, Maria.
A María le gustaba decir que se llamaba Adela, era vegetariana, y conocida de Elena, María nunca le confesó a esta que le había vendido a un canario sordomudo.
María dejó a Kike hace un par de semanas. Kike le había llevado un conejo para hacer con patatas y guisantes el día que cumplían sus dos años de noviazgo. María no soportó tal acción, cogió las maletas con sus pocas cosas y se fue, dejando a Kike, la pajarería y un conejo de seis kilos en el horno.
Kike se derrumbó y el lunes siguiente se cortó una oreja con el mismo cuchillo con el que dos días antes había decapitado el conejo.
Ese mismo día , un hombre sabio llamado Ignacio (aunque la gente le conociera por ?el sabio?) que tenia una larga barba blanca (como todos los hombres sabios) le ofreció unas semillas a cambio de su oreja. Kike aceptó.
Cuando solo habían pasado 3 horas de ese eterno lunes de trabajo, Kike se cansó de arrancar las vísceras de los animales, cogió las semillas y se fue.
Plantó las semillas cerca del edificio desde donde se contemplan las estrellas y de ahí salió una gigantesca planta de sandías.
Kike vivió el resto de su vida en esa gran planta, dejo de comer carne, para solamente comer sandía, también en invierno.
Elena dejó su antiguo puesto y se ocupó de la carnicería de Kike.
Ella ponía la misma cara de satisfacción que recordaba en su amigo, cuando cortaba carne de cerdo, ternera, avestruz, conejo, pollo e incluso una vez...de canario. |